Unidad Nazarena: Que 20 años no es nada

La celebración del vigésimo aniversario de la creación de la Federación de Asociaciones de Vecinos no puede pasar de largo en la historia de esta ciudad. En mi modesta opinión, hay que aprovechar el momento para considerar estos 20 años como un punto de inflexión, es decir, como un punto equidistante en el que hablar de un antes y un después. Un momento en el que hacer, por un lado, balance del papel jugado por el movimiento vecinal en la construcción de lo que hoy tenemos y, por otro, de cuál debe ser su función de ahora en adelante.

Hay que decirlo claro, por si aún no estaba suficientemente constatado: el verdadero poder popular, en los últimos coletazos de la dictadura y durante la transición, no estuvo en manos de los partidos polí­ticos, sino de las organizaciones civiles ciudadanas. O, dicho de otro modo: fueron estas quienes trajeron la democracia y las libertades a nuestro paí­s. Lo que tenemos en este siglo XXI habrí­a sido imposible sin el respaldo del pueblo y, por tanto, sin el empuje del asociacionismo vecinal. Otra cosa es que la polí­tica encauzase posteriormente ese empuje en las instituciones y que, además, lo aprovechase para alcanzar el poder.

En 1979, cuando se celebraron las primeras elecciones municipales democráticas, fueron los vecinos y vecinas de Dos Hermanas los que más activamente trabajaron en la mejora de las pobres condiciones de los barrios nazarenos. Por aquellos tiempos, en la mayorí­a de las barriadas faltaba lo esencial: se carecí­a de agua potable, saneamiento, instalaciones educativas, deportivas y culturales, etc. Con un ayuntamiento sin competencias y en práctica bancarrota, pero con toda la ilusión, la democracia que apenas existí­a en las leyes se inventaba a diario en las calles y plazas de Dos Hermanas, y el trabajo de Bení­tez Rufo (a quien, pese a los cinco lustros de gobierno socialista, todo el mundo sigue considerando el mejor alcalde de este pueblo) y del gobierno local de entonces, todos a una, consistió en estar codo con codo con los vecinos, nunca por encima y siempre al lado. Fueron años muy duros, extremadamente complicados, pero hoy, tres décadas más tarde, quienes los vivieron siguen echando en falta aquella ilusión.

Poco después, fueron las asociaciones de vecinos andaluzas las que alzaron la voz más alta para conseguir el estatuto de autonomí­a. Y, por segunda vez, la historia ha olvidado ese protagonismo principal del pueblo organizado. De no ser por esa voz unánime y plural, la suerte de Andalucí­a habrí­a sido otra, y sólo hay que recordar el í­ndice de participación en el referéndum del nuevo estatuto para comprobar la importancia de la implicación popular a la hora de labrar su futuro.

¿Qué ha pasado desde entonces hasta ahora? Las cosas han cambiado mucho. Afortunadamente, las carencias elementales están cubiertas en buena parte. El papel reivindicativo de las asociaciones ciudadanas tiene que ser necesariamente distinto, porque los problemas también son distintos. En muchas asociaciones no hay relevo generacional, y no porque los mayores no quieran, sino por falta de nuevas personas dispuestas a dirigirlas. Las subvenciones, aun siendo un arma de doble filo, han servido y sirven para mantener locales, realizar actividades festivas y culturales y tener infraestructuras que, siendo insuficientes, en otro tiempo eran impensables. La mejora de la calidad de vida y los nuevos hábitos han decantado a muchos ciudadanos y ciudadanas por la fórmula de los centros sociales, más encaminados a lo lúdico y al esparcimiento que a servir de correa de transmisión de las exigencias de los barrios.

El movimiento vecinal sigue sufriendo carencias y, además, hay factores que inciden en la vida diaria que antes no existí­an: el urbanismo voraz, el transporte público inútil, el impacto de la inmigración, la profesionalización y la burocratización de la polí­tica»¦ y las nuevas fórmulas de participación ciudadana, puestas en práctica en numerosos pueblos y ciudades, creadas para dar a las organizaciones vecinales y a cualquier persona a tí­tulo particular más poder de decisión a la hora de invertir los recursos municipales. Esta nueva fórmula, conocida como democracia participativa, es el principal reto de futuro y la principal reivindicación del movimiento asociativo, tanto a nivel local como provincial, andaluz o estatal.

He aquí­ el después o, más bien, el ahora. La Ley de Grandes Ciudades estatal y su equivalente en Andalucí­a, apuntan, aunque tí­midamente, hacia una mayor intervención ciudadana en la gestión cotidiana de los ayuntamientos. La experiencia de los gobiernos progresistas de Córdoba o Sevilla, con sus virtudes y defectos, van en esa lí­nea. Y Dos Hermanas, donde cualquier atisbo de futuro de la ciudad pasa por la mente del alcalde y sólo del alcalde, tenemos aún ese camino por escribir en riguroso papel en blanco. Cada vez que me he reunido con una asociación vecinal, el interés por la democracia participativa y los presupuestos participativos siempre ha estado encima de la mesa. Las últimas jornadas celebradas por la Federación se dedicaron a ese mismo tema, tan candente como de oí­dos sordos para el actual gobierno local.

En opinión de Izquierda Unida, la cuestión de la apertura institucional a la ciudadaní­a no deberí­a ser ni siquiera discutida: o nos enteramos de que el siglo XXI no puede construirse con los mismos mimbres del siglo pasado, o esta democracia de elecciones cada cuatro años acabará con unos porcentajes de voto tan ridí­culos que, al paso que vamos, sólo será representativa de ese escaso 2 % de militantes que hoy tienen los partidos polí­ticos.

Una vez más, y será la tercera, el movimiento vecinal, que, no lo olvidemos nunca, es el más cercano al sentir de la calle, deberá empujar y reivindicar y exigir el protagonismo que tuvieron hace más de veinte años y que nunca fue reconocido como se merece. Una vez más, y esta puede ser la más difí­cil, los nazarenos y nazarenas tienen que decir a nuestros gobernantes, y a los que vengan detrás, que esta versión del “todo para el pueblo, pero sin el pueblo” no es democracia, que la democracia, en su máxima expresión, es cosa de todos y no sólo de unos cuantos polí­ticos en el poder. Ahora, cuando las previsiones de los próximos años apuntan a que vamos a tener una ciudad de 200.000 habitantes, es el momento de devolver la iniciativa a quienes más tienen que decir. Ahora, a partir de ahora, es el momento de proclamar, de forma ní­tida y contundente, que los veinte años transcurridos desde la creación de Unidad Nazarena son sólo el comienzo del verdadero poder popular y democrático.

Manolo Lay, portavoz de Izquierda Unida

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