Principios

Últimamente, la polí­tica local está generando contradicciones difí­ciles de gestionar. Estoy hablando de conflictos como el de los bomberos o los taxistas, el que hubo en su dí­a con la policí­a municipal o el que sigue habiendo con los vigilantes del entorno.

Solucionar estos asuntos es complicado. Cuando oyes los argumentos de las partes, tanto unas como otras tienen sus razones y motivos. Los bomberos dicen que trabajan en unas condiciones manifiestamente mejorables. Los taxistas aseguran que se han reducido los servicios solicitados en los últimos tiempos y que un incremento del número de licencias en Dos Hermanas agravarí­a aún más su situación. Pero el gobierno local, en ambos casos, dice que actúa en interés de los ciudadanos.

En mi opinión, lo único incuestionable es que faltan efectivos en el cuerpo de bomberos y que hay momentos del dí­a en que conseguir un taxi es poco menos que una heroicidad. Pero pecarí­a de simplista si dijese que la solución a estos dos inconvenientes pasa sólo y exclusivamente por aumentar plazas en ambos casos, porque en el fondo del problema hay muchos otros factores, intereses, rencillas y heridas abiertas que solventar.

Yo creo que la raí­z de la cuestión está, por decirlo de alguna manera, en un error estructural o de método. Si en asuntos como el del taxi o los bomberos no hubiese una negociación a dos bandas, es decir, si los vecinos y vecinas de Dos Hermanas tuviesen capacidad real de intervención en estos temas, no sólo aplicarí­amos ese principio universal que dice que mil ojos ven más que dos, sino que, además, serí­a difí­cilmente aceptable que una de las partes tomase una decisión que contradijese la opinión de la mayorí­a social. Por eso, cuando en Izquierda Unida hablamos de democracia participativa, no lo hacemos por quedar bien con el pueblo, sino porque queremos que éste sea juez y parte.

No pongo en duda que el pueblo puede, en un momento dado, exigir cosas que no coincidan con mis principios. Siempre he bromeado con la idea de mi dimisión como alcalde si, en caso de haber ganado las elecciones, la ciudadaní­a hubiese decidido mayoritariamente que en Dos Hermanas hace falta una plaza de toros. Pero no es menos cierto que, como norma de partida, quienes mejor conocen cuales son las verdaderas necesidades y las prioridades de la sociedad no son, precisamente, ni los polí­ticos que se creen que un diamante es para siempre (o para cuatro años), ni quienes sólo se mueven cuando alguien se inmiscuye en sus problemas particulares.

Por tanto, demos la voz a los que sufren colectivamente las consecuencias de unos determinados intereses partidistas o personales, por muy legí­timos que sean ambos. Pero no como hace el gobierno local, interpretando y arrogándose la voz del sentir popular, sino sentando al mismo pueblo en la mesa de negociación, que para eso están Unidad Nazarena, los movimientos ciudadanos, los sindicatos, las ampas y las asociaciones de diversa í­ndole. Porque es muy fácil exigir a los taxistas que abran el abanico y se concedan más licencias para mejorar el servicio de taxis y, sin embargo, no se asuma que en Dos Hermanas hay que tener más bomberos porque a éstos hay que pagarles con dinero de los presupuestos municipales. Si asumimos una determinada forma de hacer polí­tica, apliquémosla a todo y no llevemos a la práctica aquello que dijo Groucho Marx: “Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros”.