Soy lo que como

2300544768_5e9cb9b78a_o¿Comerí­as carne o embutido de un cerdo criado a base de pienso elaborado con patatas modificadas genéticamente para fabricar pegamento o bolsas de basura?

Si la crisis nos ha enseñado que los gobiernos no pueden regalar la economí­a al libre albedrí­o de los mercados, deberí­amos también darnos cuenta de que la tierra, la salud y el sustento tampoco pueden dejarse en las manos (nada limpias, muchas veces) de las multinacionales quí­micas o de la alimentación. Sin embargo, eso es lo que viene sucediendo en las últimas décadas, como tal vez hayas podido ver en la pelí­cula El jardinero fiel, inspirada en unos ensayos ilegales llevados a cabo en niños nigerianos por empresas farmacéuticas en 1996.

Entra en el despacho de cualquier parlamentario de la Unión Europea y comprobarás la importancia y, sobre todo, la enorme influencia de esas grandes multinacionales en la polí­tica comunitaria. Mis compañeros de allí­, la ex-eurodiputada Kechu Aramburu y el eurodiputado Willy Meyer, me han hablado de las “suculentas tentaciones” de imperios económicos como Bayer, Basf, Nestlé, etc. Tal vez eso explica que el chocolate pueda seguir llamándose chocolate sin llevar cacao (antes habí­a que traerlo de ífrica) y que la “terrible” gripe A haya sido un auténtico negocio para los laboratorios y un derroche de dinero de los contribuyentes en vacunas que al final hemos tenido que enviar a Argentina, por si acaso allí­ hicieran falta.

En el último pleno del ayuntamiento, desde Izquierda Unida pedimos que nuestra ciudad se declarase “Ciudad libre de transgénicos”. Y lo hemos hecho porque, según el Ministerio del Medio Ambiente, Rural y Marino, en Dos Hermanas hay uno o varios campos de experimentación con productos agrí­colas transgénicos al aire libre. Nadie sabe dónde están exactamente esos terrenos, porque todo esto se hace con la más absoluta falta de transparencia y control, y sin registros públicos de los cultivos. De hecho, también el gobierno local y el propio Toscano aseguraron que ignoran dónde están esos campos que el ministerio ubica aquí­; al menos, eso sí­, se ha comprometido a “intentar informarse sobre el tema”.

¿Son buenos los alimentos transgénicos? El alcalde, aunque reconoció no saber nada del tema, dijo que “podrí­a suponer una solución para acabar con el hambre en el mundo”. A priori parecerí­a una buena idea, pero no es así­. Hay variedades de patata diseñadas para producir plásticos y todo tipo de compuestos quí­micos, pero también está previsto que sus residuos sean utilizados para alimentación animal, por lo que la contaminación de toda la cadena alimentaria es prácticamente inevitable, con los consiguientes riesgos para la salud (de ahí­ la pregunta que hací­a al principio de esta carta). La patata transgénica de la multinacional BASF es un terrible ejemplo de ese modelo de agricultura y de alimentación que se pretende imponer: solamente una de cada cuatro patatas producidas en la Unión Europea se destina a alimentación humana; alrededor de la mitad va a parar a piensos animales, y la cuarta parte restante se utiliza como materia prima en la producción de almidón, de alcohol y de otros productos industriales. Lo mismo viene ocurriendo con el algodón, la remolacha, el maí­z, etc.

¿Por qué no queremos que en Dos Hermanas haya campos de este tipo? Por primera vez, el Ministerio del Medio Ambiente, Medio Rural y Marino reconoció en octubre de 2009 la existencia de personas y de empresas que han sufrido los efectos de la polí­tica de transgénicos llevada a cabo por el Gobierno español. En el orden del dí­a de aquella reunión aparecí­a un punto en el que se decí­a textualmente: “Coexistencia de maí­z modificado genéticamente con maí­z convencional y ecológico. Experiencias de agricultores afectados”. Pese a ese reconocimiento, el Estado español sigue siendo el único paí­s de la Unión Europea que cultiva el llamado “maí­z insecticida”, que muestra una serie de consecuencias sobre el medio ambiente y la salud, como la imposibilidad de evitar la contaminación a otros agricultores, la generación de resistencias en plagas y los efectos tóxicos a largo plazo sobre seres humanos. Frente a esta posición, paí­ses como Francia, Alemania, Austria, Grecia, Luxemburgo, Irlanda, Polonia, Hungrí­a o Italia han puesto freno a los transgénicos en sus territorios.

No, los transgénicos no son la solución al hambre; más bien todo lo contrario: el cultivo extensivo de maí­z en Estados Unidos, México o Brasil para hacer biocombustibles está provocando una de las mayores crisis alimentarias en muchos paí­ses de ífrica y América. Pero, además de eso, está demostrado que, hoy en dí­a, nuestro planeta produce suficiente agricultura y ganaderí­a para que a ningún ser humano le falte de comer. A eso deberí­amos añadir que con los miles de millones de euros y dólares que los Estados han entregado a los bancos para tapar sus agujeros (que ellos mismos cavaron) se hubiera saciado al tercer mundo durante todo lo que queda del siglo XXI. No, la solución a la desnutrición no es el cultivo de productos transgénicos, sino la redistribución justa de la riqueza.

Como el gobierno local votó en contra de nuestra propuesta, en Dos Hermanas se seguirá experimentando con productos transgénicos en campos que nadie sabe dónde están. Pero, si llega el momento en que los ciudadanos y ciudadanas lleven a Izquierda Unida a la alcaldí­a, nuestra ciudad será declarada libre de transgénicos. Y no sólo por el presente, sino, sobre todo, por entregar a nuestros hijos un futuro lo más limpio y saludable posible.

Manolo Lay, portavoz municipal de Izquierda Unida